Te odio. A todas horas. Con todo mi cuerpo y con todas las partes de mi alma. Te odio porque siento y lo hemos visto; estas hecha para mi.

 

Te odio. Porque con tu cuerpo me ofreces la más cálida bienvenida para después abandonarme con una desoladora despedida.

 

Te odio porque me cansas de andar en todos los rincones de mi mente. Escondida entre recuerdos siempre te encuentro con las cosas más insignificantes: tu helado favorito, ese lugar de nuestro primer beso, la primera mirada sostenida, la caricia fugándose entre tus piernas encendidas.

 

Te odio. Sordamente te odio. Cual golpe del puño en la mesa. Despojado del eco del rencor. Te odio con el mismo odio que siento al dejarte salir de mis brazos en las veces que llegas a mi encuentro.

 

Te odio. Y te odio más cuando pienso en nosotros. Y te pareces a una persona distinta. Distante. Insistes, insistes en fugarte de mis brazos. Y cuando logras escaparte te conviertes de nuevo en la mujer que vive para amarme.

 

Te odio. Irremediablemente te odio. Y al mismo tiempo porque nadie, nadie, nadie jamás podrá amarte como yo; amor mío.

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